¡Qué vienen los vascos! (1922) ( I )

Contamos estos hechos, en un intento de demostrar la mentalidad de aquellos futbolistas, totalmente amateur, para quienes la gira constituía más unas vacaciones, que un reto deportivo.

cap polonio

En 1922 el fútbol vasco se sentía maduro.

Teníamos todo: calidad, fama y prestigio internacional debido a haber conseguido el subcampeonato en la Olimpiada de Amberes en 1920. Nombres de jugadores vascos como Patricio Arabolaza, Mariano Arrate, Jose Mari Belaustegigoitia, Sabino Bilbao, Pichichi, Domingo Gómez-Acedo, Ramón Eguiazabal, Francisco Pagaza, Pedro Vallana, Félix Sesúmaga, Silverio Izaguirre y Agustín Eizaguirre habían asombrado a Europa dos años antes, por su valentía y empuje, dentro de la primera selección de jugadores para un acontecimiento internacional de la selección española, derrotando a equipos tan fuertes como Dinamarca, Suecia o Italia.

Así de fuertes nos considerábamos, que decidimos cruzar el Atlántico, para rivalizar con equipos porteños, en un intento de vender nuestra imagen de chicos fuertes -el triunfo en la ciudad belga, se debía principalmente a los futbolistas vascos- y de ¡hacer las Américas!.

Todo estaba previsto, por tanto, para que la selección vasca -en la que figuraban varios jugadores olímpicos- triunfara en Argentina, Uruguay y Brasil, las tres naciones más poderosas del fútbol sudamericano.

En tierras norteñas, se dio el visto bueno a la invitación del empresario que aseguraba la disputa de varios partidos en el verano de 1922 en Argentina y Uruguay, -donde el fútbol era muy popular y de gran calidad- y en Brasil, potencia algo más débil en aquellos años en materia futbolística, que sus naciones vecinas. La propaganda en tierras argentinas -muy al estilo norteamericano- duró meses, encontrándose noticias de la visita del combinado vasco en las envolturas de los terrones de azúcar de los cafés, en todas las esquinas de Buenos Aires, en los cines, en el hipódromo … El slogan, decía: “Pronto vendrán los vascos”.

Así pues, la Federación Guipuzcoana seleccionó a una selección vasca hecha a última hora, improvisada, con un lote de jugadores más o bueno buenos. Pero lo que no se había previsto, era la “frivolidad” de aquellos futbolistas y de aquel entrenador – Mr. Harris (entrenador del Real Unión)- en su comportamiento, mejor dispuestos para la rivalidad culinaria que para la rivalidad deportiva.

Y así fue, como la selección vasca -la mayoría guipuzcoanos y algún vizcaíno-, embarcó en el “Cap Polonio” y realizó el viaje entre apuestas infantiles, como demostrar cual de ellos superaba al resto en beber y comer. En dormir y jugar al poker, el entrenador inglés no tenía adversario.

El “Cap Polonio” se trataba de un hermoso trasatlántico de 21.000 toneladas, lujoso ejemplar de buques de pasaje, dotado de todo el confort “moderno”, donde el pasajero encontraba todas las comodidades de los grandes hoteles terrestres; jardines, piscinas, invernaderos, restaurantes, bares, salones, etc…

cap polonio salon

Jose Mari Belauste, quien no fue en el mismo barco hasta Sudamérica, diría años después:

Tanto se ha dicho ya del viaje del equipo vascos a América, que los deportistas vascos lo han olvidado de puro conocido. Debimos hacer un buen papel y resultó el más cómico de los fracasos, debido precisamente a falta de una persona directora, de un Jefe téc­nico conocedor de nuestro carác­ter y nuestras costumbres, un jefe que nos regulara las comidas, que nos obligase a trabajar en la proporción que las condiciones de la nave permitían.

Para demostrar a usted lo que fue el viaje a América a bordo del «Cap Polonio , le diré lo siguiente:  Por falta de una perso­na que velase por los jugadores e impusiese su autoridad en el buque, hubo jugadores que en los contados días de la travesía en­gordaron de 4 a 5 kilo, algunos de 8 a 9, y uno de ellos, Olaizola si mal no recuerdo, llevó a tierras americanas un suplemento de 12 kilogramos de peso adquiridos durante la corta travesía que separa a la península de la capital argentina. Se bebieron los jugadores, du­rante el viaje del «Cap Polonio” tres toneladas de cerveza, es de­cir, que casi se agotaron las re­servas que del dorado líquido bavierano llevaba en sus bodegas el lujoso paquebote alemán. En tierra continuó la orgía, únicamente que aumentada con artículos, no sólo de beber, sino de comer, arder y … etc. , etc.

Para los directivos y empresarios, aquella posible mina de oro, que pensaban conseguir en las canchas sudamericanas, con la presencia de los jugadores vascos, no fue, como veremos más adelante, sino el cuento de la lechera, por cuanto los expedicionarios, tuvieron que regresar a su tierra, antes de lo estipulado en los respectivos contratos, debido a los continuos fracasos deportivos.

A la improvisación del viaje, se pueden sumar otras muchas razones que influyeron, negativamente, en los resultados posteriores. Campos de juego estrechos; balones mucho más pequeños que en tierras vascas y mucho más pesados; el hecho de que cada partido jugado en Argentina, tuviera un carácter de verdadero acontecimiento internacional; los aires patrióticos que la prensa encendía, en la víspera de los partidos, en aficionados y no aficionados al fútbol; la dureza con que se jugaba; la falta de días de descanso entre partido y partido; las horas de viaje y un público y un árbitro, extremadamente parciales, son otras muchas razones que liman -pero que no justifican-, los resultados negativos obtenidos por nuestro equipo.

Quince días después de su salida, con parada en las Islas Canarias, llegaron a tierras americanas.

cap polonio islas canarias

Fin de la primera parte. … continuará.

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Juan Errazquin ( I )

“Ser o no ser” decía Shakespeare. Vivir o morir, vencer o salir vencido, pero jamás rechazar el duelo. Esa era la filosofía de Juan Errazquin, el león de Irún.

“Juanito” nació por accidente en Leones (Argentina), una pequeña ciudad entre Buenos Aires y Córdoba, el 22 de junio de 1906. Cuando todavía era un chaval sus padres vascos regresaron a Euskadi, concretamente a la ciudad de Irún a orillas del Bidasoa, de donde era toda su familia y aprendió a jugar a fútbol con una pelota de trapo como todos los niños de aquella época.

A principios de la temporada 1921/1922, con apenas 15 años, empezaba a destacar en el equipo suplente del Real Unión, jugando esa misma temporada partidos contra equipos como el Osasuna, Tolosa o Barcelona, y hasta encuentros internacionales como contra los franceses del Vie au Grand Air de Medoc o el famoso conjunto Belga Royal Daring formando parte de la delantera en algún partido junto a su ídolo, el inigualable Patricio Arabolaza, y entrenado por el “mister” y masajista Mr. Harris.

En la siguiente temporada, 1922/1923, participó notablemente en el equipo suplente del Real Unión junto a su inseparable amigo y magnífico medio centro Gamborena, jugando numerosos partidos como la inauguración del campo La Ciudad Lineal del Madrid FC, los competidos y siempre emocionantes derbys con la Real Sociedad u otros equipos vascos como el Tolosa, Sestao, Euskalduna de Rentería o el Eibar (al que le hizo un hattrick) y reforzando el primer equipo cuando era necesario como contra el equipo inglés del Casuals. Así mismo, como premio a su entrega,  entró a formar parte por primera vez en la Selección Guipuzcoana para competir en el campeonato interregional.

Como colofón a esta temporada participó en el partido de homenaje al “gran” Patricio en Atotxa donde se despedía de su vida de jugador formando equipo junto a entre otros Muguruza, Carrasco, Gamborena, Echeveste, Vázquez y el propio Patricio y jugando contra jugadores donostiarras como Eizaguirre, Arrate, Rosales (muerto en un desgraciado accidente automovilístico años más tarde) o Artola. Allí estaba él con sólo 17 años y toda una vida por delante jugando entre sus héroes.

En 1923/24 fue la revelación de la temporada. Consiguió hacerse con el enorme hueco dejado por Patricio pudiendo jugar en el histórico Real Unión junto a jugadores como René Petit, Luis Regueiro, Carrasco, Gamborena, … Un sueño hecho realidad. Errazquin era un jugador oportunista pero de gran codicia. Daba todo lo que era y lo que podía, sin reservarse. No era muy técnico según las crónicas de la época pero ponía en la lucha un tesón tan considerable que con su empuje conseguía lo que otros con sus driblings. Como por ejemplo en Abril de 1924, le endosó 5 goles al Tolosa siendo el primero de ellos el más bonito que se había visto en Amute (con permiso de Patricio) fruto de una volea desde casi 20 metros del marco.

La culpa de esa “hambre” de gol que caracterizaba a Errazquin la tenía el entrenador del Real Unión esa temporada, Steve Bloomer. Este “mister” inglés era, y es todavía a día de hoy, una leyenda en su país siendo el máximo goleador del siglo XIX en las islas, marcando casi 400 goles en 600 partidos en su larga carrera en el Derby County y el Middlesbrough inglés donde llegó a jugar con el mítico entrenador Mr. Pentland quien también coincidiría una vez retirado del fútbol, y en los inicios de su carrera como entrenador, en el campo de retención de Ruhleben en Berlín donde fue encarcelado en la Primera Guerra Mundial junto al histórico entrenador bilbaíno.

Volviendo a la temporada 1923/1924, el Real Unión consiguió realizar una temporada excelente consiguiendo ganar la Copa de 1924 batiendo al Sevilla en cuartos, al Barcelona en semifinales (ganándoles por 6-1 en ese legendario partido en Atotxa donde el equipo catalán fue un juguete en manos de los iruneses comandados excelentemente por René Petit y Gamborena) y al Madrid FC (que también había ganado en el tercer partido de desempate al Athletic Club) en la Final del 4 de Mayo de 1924 en Atotxa. La alineación de aquella final fue Emeri II; Anatol, Berges; Gamborena, René Petit, Eguiazábal; Echeveste, Vázquez, Errazquin, Aguinaga y Azurza. El resultado final fue de 1-0 con gol de Echeveste en la segunda parte.

Fin de la parte I  ….. Continuará.